sábado, 5 de enero de 2013

El Sentido del Humor.

¡¡Feliz 2013!! Con dos signos de admiración, que es el límite que pone Terry Pratchett al histerismo.


Un año del que espero mucha felicidad en lo personal, donde realmente importa, y poder compartirla con vosotros. Y qué mejor manera de estrenar este año por aquí, que hablando sobre el Sentido del Humor (así, con mayúsculas).

Creo que una de las profesiones que más respeto del mundo es la de hacer reír. 


Debe ser por haberme rodeado de algunos amigos monologuistas, cuenta cuentos y payasos varios, en definitiva. Gracias a ellos he conocido, y en ocasiones compartido, su trabajo.

En general, hacer reír es complicado. Os aseguro que cuando me ha tocado estar delante del público no lo he pasado mucho peor que cuando he estado yo sólo frente al ordenador, componiendo alguna escena que quiera cargar de matices cómicos.

En la obras de teatro que he escrito para colegios, he buscado tanto la diversión de los pequeños actores como la de los sacrificados padres, que en ocasiones aguantan con el trasero pegado a la silla durante varias horas (y obras) seguidas. Por su esfuerzo, los niños y niñas merecen sentirse protagonistas de las risas que provocan en sus familiares; y los papis agradecen el poder ver algo más entretenido que chavales dando vueltas como peonzas sobre el escenario y gritando canciones sin ningún sentido.

En los Cuentos de Caballería me enfrentaba a algo más complicado de lo que estaba acostumbrado a hacer. Por un lado se trataba de una novela dirigida a chicos y chicas de doce a catorce años. Sin embargo, también quería que si el libro cayera en manos de otra persona de cualquier edad, pudiera disfrutar igualmente de las escenas, los diálogos y los chistes.

El sentido del humor ha sido algo que no sólo me ha acompañado durante el proceso de escribir la novela, además ha sido uno de los motores que me ha impulsado hasta poder verla terminada. Porque gracias al sentido del humor, surgieron momentos mágicos como este:

Basado en hechos reales...


El escritor está delante de su ordenador tecleando tranquilamente hasta que, sin previo aviso, un personaje toma la palabra y le da un giro al texto. Esa escena tan medida y meditada, se torna en otra totalmente caótica ante la sorpresa de quien la narra. Inexplicablemente, lejos de enfadarse el escritor continua tecleando con una sonrisa en los labios mientras una voz, en alguna parte de su cabeza, exclama "¡Y todo porque a un pequeño duende le ha dado por abrir su bocaza cuando no tocaba!".

Pero es el caos dentro del orden. El escritor no puede permitirse que el lector se sienta perdido en alta mar. De esa manera, gobierna la nave sobre las nuevas corrientes y la lleva al lugar donde quería llegar desde el principio del viaje. Un poco mareados y divertidos por el zarandeo, alcanzamos por fin el destino prometido, desde una frescura y una espontaneidad imposible de predecir ni programar.

Foto de Arthur Sasse

El sentido del humor funciona así. 


A veces es cuestión de liberar a los personajes en las diferentes situaciones y sentarse a observarles, mientras tratas de registrar en tus apuntes todo aquello que está aconteciendo. No hay momento de mayor disfrute que el de ver cómo los personajes toman vida propia y son ellos quienes ponen las palabras en tu boca, o en este caso, en tu novela.

Ahora ya sabéis por qué es importante para mí el sentido del humor. Si queréis saber por qué me dio por escribir cuentos, os lo cuento en este enlace del blog.

Felices Reyes para todos los que os habéis portado bien, y a los que no, os deseo mucho sentido del humor ;)

Un abrazo.

Pablo.

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