lunes, 14 de enero de 2013

Concursando, que es gerundio.

¿Estás pensando en presentar un relato a un concurso? Si me lo permites, te hablaré de mi humilde experiencia al respecto, por si pudiera servirte de ayuda lo poco que sé de estos temas.

Lo primero es tener claro para qué concursas.


Y claro está que a todos nos gusta ganar y que nos digan que somos los mejores. Sin embargo eso no es frecuente en los concursos literarios. Piensa que hay mucha gente muy buena por ahí, y hay otra gente no tan buena pero con mejores referencias. Por no hablar de los jurados “sin escrúpulos” que desechan los textos sin ni siquiera leerlos detenidamente (total, qué les importaría leer cuatrocientas cincuenta novelas de doscientas páginas).


Compitiendo en esos términos, es bueno y saludable plantearse otros objetivos secundarios para no acabar llorando por las esquinas al ver rechazado ese trabajo por el que te has quemado las pestañas. Mario Vargas Llosa, en su obra “Cartas a un joven Novelista”, nos aconseja:  “… quien ve en el éxito el estímulo esencial de su vocación, es probable que vea frustrado su sueño y confunda la vocación literaria con la vocación por el relumbrón y los beneficios económicos que a ciertos escritores (muy contados) depara la literatura. Ambas cosas son distintas”.

Como el tema da mucho de sí, hoy me centraré en los grandes certámenes.


Navegando por las redes, leí algunas referencias sobre cómo desarrollan su trabajo quienes juzgan nuestros escritos. Estoy hablando de concursos en los que se piden relatos de no menos de doscientas páginas. Según las referencias, dichos jurados pasan las obras por varios procesos de selección de esa forma:
En la lectura de la primera página se rechazan un porcentaje importante de relatos (si dejaste el golpe de efecto para la página dos, tu relato fue apartado junto con el mío hasta la orilla de la mesa, justo antes de caer en la papelera).
De las novelas que han pasado el corte, se leen páginas sueltas, escogidas al azar en diferentes puntos del relato. Los trabajos en los que se detectan errores gramaticales, ortográficos, etc, también son descartados. Permitidme una advertencia: el corrector ortográfico de los procesadores de texto, muchas veces “descorrige”, es decir, coloca mal una palabra en un mal lugar y te fastidia el texto. Con buena intención, pero te lo fastidia.
Siguiendo esos criterios, finalmente se quedan con un número muy reducido de escritos (posiblemente no más de media docena), entre los que se encontrarán los ganadores y finalistas.

Quizás este no sea un sistema demasiado justo, pero hay que entender que un premio no se puede dar en seis meses o en un año si cada miembro del jurado se tiene que leer cien novelas. Hasta ahí bien. Que luego no ves ningún premio importante en manos de un escritor medianamente desconocido, a no ser que esté bien relacionado. Mal, muy mal.

Aunque somos muchos en este planeta, me sorprende que haya premios a los que año tras año se presenten de 400 a 600 novelas totalmente nuevas, recién escritas, de más de trescientas páginas, y que el premio se lo lleven en tantas ocasiones alguien que es colaborador sin otro oficio, o tertuliano de un programa de televisión; o bien periodistas o escritores de mejores contactos que renombre, pese a que todas fueron presentadas bajo seudónimos.

Si estás pensando en ir a uno de esos concursos multitudinarios y bien remunerados, hazte a la idea de que palmarás pasta.


Eso sí, te convertirás en el mejor amigo del chico de la reprografía de tu barrio. Calcula más o menos:
Registro del relato (13-14€) + en mi caso 2 cartuchos de de impresora ( marca blanca de reciclaje de cartuchos, color y negro, 60€) + 2 paquetes de 500 folios de 80 gramos (10€) + Dos o tres copias del relato debidamente encuadernadas (dos o tres pizcas de €) + Envío por correo certificado de las dos o tres copias requeridas, para asegurarte de que llega (con lo que pesa el papel, otros tres puñados de €)… El concurso nos quedaría resuelto por una inversión de no menos de 50€ sin contar los 60€ de los cartuchos de la impresora.
Si te interesa, dediqué esta entrada del blog exclusivamente a hacer cuentas.

Casi dan ganas de escribir un relato sobre una "teoría de la conspiración papelera", para que la gente concurse.


Y este precio es sólo para los más modestos, si además quieres disponer de un servicio de corrección profesional para asegurarte de que, en el caso de que tu novela pase los primeros cortes, tengas mayores garantías de éxito, súmale unos euros más por hoja escrita (me dan sudores de multiplicarlo por no menos de 200 páginas).

Después de hacer números, no sé a vosotros, pero a mi se me quitan un poco las ganas locas de presentarme a uno de esos certámenes.

Siendo conscientes de nuestras limitaciones en cuanto a calidad literaria y cantidad pecuniaria, puede ser que nos planteemos acudir a algún concurso más modesto. Quizá uno organizado por el Ayuntamiento de alguna encantadora localidad. O bien puede ser que nos planteemos presentarnos mejor a algún certamen de relatos breves o microrelatos, pensando erróneamente que por ser más cortos son más fáciles de escribir…

Si quieres conocer mi experiencia en concursos más pequeños, sigue este enlace.
Si preferís leer algunos consejos obre lo que hay que tener en cuenta a la hora de publicar, los encontraréis en esta otra entrada.

Un abrazo.




“Sí, niño, aquí son las inscripciones para el Torneo. Sólo necesitas una armadura de verdad, un blasón en el escudo... Y quitarte ese orinal de la cabeza y comprarte un yelmo decente. Por doscientas monedas puedes conseguirlo todo en la carpa de aquí al lado. Aunque yo en tu lugar probaría suerte un poco más allá, en la barraca de los titiriteros. Siempre necesitan actores para animar a los nobles y por lo menos conservarás la cabeza sobre los hombros”.

- Memorias de Urome Gladio, funcionario Oficial de Justas -

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