miércoles, 5 de diciembre de 2012

Maneras de escribir. Costumbres y manías.


Seguro que todos a los que os gusta leer, escribir o las dos cosas, tendréis vuestras propias manías. Yo tengo unas cuantas.

En primer lugar, me gusta tener al lado un vaso de alguna bebida dulce. Puede ser un batido de chocolate, un zumo natural o de bote, una bebida refrescante de extractos de esas que llevan un porcentaje mínimo de fruta… Lo que sea, pero sin gas.

Cuando fumaba, si me quedaba un poco atascado solía encenderme un cigarro. En cuanto le daba un par de caladas las ideas empezaban a fluir, por lo que el resto del cigarrillo solía consumirse en el cenicero, olvidado. Según parece, los receptores nicotínicos, debidamente estimulados, intervienen en la capacidad de atención. Sin embargo, una vez saturados ya no producen ese efecto.
Llamadme “Frikicondríaco”, pero a mí con un cigarro cada dos o tres horas no me iba mal escribiendo, en cambio si me inflaba a fumar no me salía nada decente. Aunque también reconozco que ahora que no fumo… Pues tampoco es que note mucho la diferencia en cuanto a inspiración, la verdad. Igual me he curado de la “Frikicondría” ;).


Me gusta poner las ideas que se me van ocurriendo en las últimas páginas del texto


Según voy escribiendo. Una vez la idea ya ha sido trasladada a la novela, la subrayo o la pongo en negrita. De esa manera no me dejo nada en el tintero (por no hablar de lo emocionante que es ver cómo cada vez hay más texto en negrita, lo que indica que el trabajo va llegando a su final).

En los dos primeros libros de los Cuentos de Caballería llevaba el esquema de los capítulos en la mente, pero para el tercero y el cuarto he retomado la sana costumbre de escribir la estructura antes de empezar con la novela (¡sí, ya estoy coqueteando con las primeras páginas del tercer libro!). Es un proceso que a veces es difícil, al fin y al cabo consiste en poner límites a la hora de contar una historia, de expresarte. Sin embargo, una vez me he peleado un poco conmigo mismo se hace más cómodo saber cuántos capítulos me quedan por delante y lo que debo contar en cada uno.

Imagen propiedad de
LuMaxArt


Esta disciplina (no tan férrea como aquí parece) es de mucha utilidad cuando trabajas con personajes que desarrollan sus historias de manera independiente, para que todo vaya bien engranado.
Cada personaje, cada situación, cada paisaje, cada objeto… Me exprimo las neuronas para que todo lo que aparece en la novela esté ahí por algún motivo que se explique antes o después, esforzándome por no dejar cabos sueltos. Por otra parte, me parece buena idea combinar capítulos muy dinámicos con otros en los que la narración se detiene mucho más en los pequeños detalles. Creo que de esa forma la experiencia de lectura es más animada.






Después de trabajar la estructura general del libro toca meterse a fondo en cada capítulo. Si cada párrafo tiene que invitar a leer el siguiente, mucho más cada capítulo. Imitando a otros autores a los que admiro, trato de que todos comiencen de una forma llamativa, para enganchar al lector desde su primera página, y de que todos terminen dejándole con sed de más.


Otra manía muy especial que tengo es esa a la que me he atrevido a bautizar como el “Síndrome de El Imperio Contraataca”. ¿Recordáis como acaba la película? El resumen sería algo así como: Los malos van ganando batalla tras batalla; Lando traiciona a los buenos y entrega a Han Solo, quien ha quedado congelado en carbonita en manos del mayor mafioso de la Galaxia, que quiere su cabeza; Lando se arrepiente y parte en busca de Han sin muchas expectativas de encontrarle con vida; Luke acaba de enterarse de que el tío más malvado de la Galaxia es su padre y para colmo ha perdido una mano luchando con él… Un final épico en el que la Princesa Leia y Luke miran al espacio a través de la cristalera de la nave y parece que piensan “Lo malo no es que nos hayan dado la del pulpo, colega, sino que espéra tú a ver lo que se nos viene encima ahora”. Simplemente me encanta.




El “Síndrome de El Imperio Contraataca” consiste en hacérselo pasar un poco mal a los personajes (bueno, un poco mal o un “mucho” mal), en la primera mitad de la novela, antes de que sus historias remonten… O no ;). La forma de estructurar los “Cuentos de Caballería” en dos libros (dice el Sr. Google que duología es el término correcto), me permite jugar a desmontar a los personajes en la primera parte y reedificarlos de nuevo en la segunda...

Y no sé a vosotros, pero yo cuando vuelvo a montar algo, nunca me queda exactamente igual que antes ;).




Podría confesaros muchas más manías, pero entonces me tendría que casar con vosotros y mi mujer no me lo permite ;).

Si queréis leer algunos consejos a la hora de publicar, los encontraréis en esta entrada del blog.

Que paséis un buen Puente de la Constitución, cuidadito con los coches y un fuerte abrazo. Nos leemos a la vuelta.

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